miércoles, 11 de abril de 2012

"Si se mueren no van a ser condenados pero van a seguir cometiendo crímenes"

Una hija de desaparecidos llevó la incertidumbre generada durante 33 años por la desaparición de sus padres a la sala de audiencias en el juicio por el Circuito Camps. Otro testigo declaró por videoconferencia desde Ushuaia.

Ana Laura Mercader declaró en el juicio por el Circuito Camps por el secuestro de sus padres Mario y Anahí

“Todos estos años han sido muy difíciles porque la desaparición genera una incertidumbre muy grande. Genera muchos daños psicológicos”, explicó Ana Laura Mercader, una hija de desaparecidos que declaró ayer en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el los centros clandestinos del Circuito Camps que se realiza en La Plata. La mujer contó el secuestro de sus padres Mario Mercader y Anahí Fernández en 1977, cuando ella tenía 2 años y medio, recordó la búsqueda que emprendieron sus abuelas, las pistas falsas, los padecimientos de la incertidumbre y reclamó que se aceleren los procesos. Denunció también que Monseñor Plaza intentó seducir a su abuela materna cuando fue a verlo para pedir por la vida de su hija y su yerno. Y tras su declaración, proyectó un video que cuenta su historia en el Colegio Nacional donde su padre había estudiado.

En la audiencia también declaró el sobreviviente Jorge Alberto Rolando, quien dio su testimonio a través de una video conferencia desde Tierra del Fuego y recordó los 45 días que permaneció en cautiverio en los centros clandestinos de detención que funcionaron en la Brigada de Investigaciones de La Plata, en el destacamento de Arana, donde recordó una fuga, y en la comisaría Quinta. También hablaron las hermanas de dos desaparecidas.

“Usted mencionó que su abuela hizo gestiones con Monseñor Plaza para dar con sus padres. ¿Qué resultado tuvieron?”, preguntó el abogado querellante Inti Pérez Aznar a Mercader. “Todas las gestiones tuvieron resultados negativos”, explicó la testigo. “¿Ella pudo entrevistarse personalmente con Plaza?”, insistió el letrado de la Secretaría de Derechos Humanos. “Mi abuela fue a ver a Monseñor Plaza y él le hizo una propuesta en la que quiso seducirla e invitarla a dormir con él. Más allá de lo anecdótico es algo terrible”, detalló la mujer.

Mercader contó que sus padres tenían 22 años y que fueron secuestrados el 10 de febrero de 1977 de su casa de calle 119, entre 523 y 524, donde vivían con ella y su hermana, María, de 4 meses. Contó que patota del jefe de la Policía, el coronel Ramón Camps, llegó temprano en la mañana luego de que su padre se fuera a trabajar y que permanecieron seis horas con ellas cautivas esperando a que volviera.

Relató que esa mañana su padre llegó con un compañero, del que solo sabían que le decían Piraña, y que su madre le gritó para que escapara. Contó que intentó huir pero fue baleado en una pierna y capturado. Narró también que Camps fue quien decidió que su madre también fuera secuestrada, a pesar de que los secuestradores sólo buscaban a su papá.

La testigo reconstruyó el secuestro con los fragmentos de sus recuerdos, por los testimonios de vecinos y de dos personas que permanecieron cautivas en esa vivienda con sus padres: un vecino de apellido Cambiasso y su hija, Mari, que las cuidaba a ella y su hermana y ese día estaba ahí, a quienes pudo encontrar hace sólo quince días.

Esos dos vecinos, que esa mañana de 1977 habían ido a su casa, uno a trabajar y el otro a buscar a su hija, le contaron que sobre el final del operativo llegó un hombre a quien luego, al ver sus fotos en periódicos, identificaron como el coronel Camps.

“Nuestra vida cambió. No era más la vida que teníamos, pero era la mejor vida que nos pudo haber tocado después de la desaparición”, dijo Ana Laura al tribunal. Y recordó la búsqueda de sus abuelas, Elba Lahera y Nélida Meyer. Recordó las primeras noticias aparecidas en el diario La Opinión que daban por muerto a su papá y las primeras versiones del sobreviviente Luis Favero que los había en cautiverio pero con vida.

Y también recordó las pistas falsas que fueron apareciendo en esa búsqueda: desde los llamados de una monja que le dijo a su abuela Elba que Anahí estaba en un psiquiátrico, hasta la perversidad de un Gendarme de nombre Héctor Flores que engañó a su abuela, la citó varias veces y nunca dio una sola pista concreta.

Contó que en 2009 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los restos de sus padres. También pidió celeridad en los procesos: “Los crímenes de lesa humanidad no prescriben y que hasta aparezca el ultimo desaparecido ellos van a seguir cometiendo crímenes de lesa humanidad. Todos los días van a cometer un crimen nuevo. Y si se mueren no van a poder ser condenados pero si van a poder seguir cometiendo crímenes de lesa humanidad, por eso es tan importante que se aceleren los juicios”, argumentó.

Y finalizó: “Quiero decir también que mi hijo hace unos días me dijo: ‘yo no quiero mamá transitar por la calle con los asesinos de mis abuelos ‘. Y a mi me parece que es justo que no lo tenga que hacer”.

Videoconferencia. Jorge Alberto Rolando recordó su secuestro en plena calle de La Plata el 18 de diciembre de 1976 y su cautiverio de 45 días en tres centros clandestinos de detención del circuito Camps, desde el Tribunal Federal de Tierra del Fuego, en Ushuaia, a través de una videoconferencia para la que el tribunal instaló tres televisores en la sala.

La declaración a distancia abrió la nueva audiencia del juicio a 22 policías, tres militares y un civil que realiza el Tribunal Oral en lo Criminal Nº1 juzga por crímenes de lesa humanidad cometidos contra 280 víctimas en seis centros clandestinos de detención que comandó la Policía Bonaerense durante la dictadura, que se realiza en el ex teatro de la Amia, ubicado en 4 entre 51 y 53.

Rolando recordó que fue secuestrado por cuatro personas de civil que bajaron armadas de un Torino color negro a las 12 y media, en 54, entre 22 y 23, cuando volvía de su trabajo en una empresa editorial.

“Fueron 20 segundos: me introdujeron en el auto de forma muy brusca e inmediatamente, además, me sacaron todas las pertenencias: el dinero que había recaudado, el reloj, el anillo, y hasta un remedio que estaba tomando”, relató.

Desde Ushuaia contó fue llevado a la Brigada, ubicada en 55 entre 13 y 14, desde donde fue trasladado al poco tiempo a Arana, junto con Guillermo Araquistán. En el destacamento, gracias a la precariedad de la venda para los ojos hecha con su pañuelo, pudo ver que “había gente con armas y vestida de civil”.

“Los doce días que permanecí en Arana fueron terribles. Si bien yo no sufrí la tortura con picana, sí sufri golpes”, contó.

En ese lugar permaneció hasta el 31 de diciembre de 1976, cuando fue trasladado junto con el ex sacerdote Federico Bacchini y Araquistán a la comisaría Quinta, donde permaneció hasta su liberación.


Búsquedas. En la audiencia declararon también Mirta González, hermana de Silvia, una mujer de 18 años secuestrada junto a su marido Juan Carlos Mora el 1 de diciembre de 1976 en una pensión de 15, entre 49 y 50.

La mujer contó que su hermana y su cuñado eran oriundos de Santa Cruz y que tras casarse vinieron a La Plata donde fueron secuestrados. La mujer estaba embarazada de tres meses.

También declaró en la audiencia la María Teresa Garín, hermana de María Adelia Garín de De Angelis, quien fue secuestrada el 13 de enero de 1977 en la clínica donde trabajaba en Quilmes, cuando estaba embarazada de dos meses.

Por Pablo Roesler pabloroesler@gmail.com

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